
Había una vez un niño, que decía no temerle a nada ni nadie. ¿Su secreto? Un súper escudo protector, que era su apariencia defensiva contra cualquier fuerza del mal. El escudo no era más que ropa negra. Polera negra, zapatillas negras, pantalones negros (quizás con mucha suerte unos jeans). La vida es negra. Ese era su dilema.
No se espantaba con nada. Había perdido por completo su capacidad de asombro. Se había acostumbrado a ser parte de un sistema autoengañoso, autodestructivo, automático. Era parte de un mundo desechable, donde todo, incluso las personas, eran reciclables, remplazables. Todo era de plástico: la comida, la ropa y hasta la misma gente.
Las casas se habían plastificado aislándose unas de otras, perdiendo el ambiente de vecindario; cada casa era una tremenda fortaleza, que más que casa, parecía castillo, de esos castillos enormes con cuartos aislados unos de otros, donde apenas se veían sus propios habitantes. Muchos espacios quedaban naturalmente sin usar, y eso no era para espantarse, creía el niño sin espanto.
Afuera del castillo, más allá de las narices del Niño Sin Espanto, existía un mundo lleno de cosas nuevas, cosas que debían ser descubiertas, oportunidades nuevas impensadas, lugares escondidos que nadie había visitado.
Un día, una niña cualquiera le preguntó al Niño Sin Espanto si se atrevía a ir a conocer algo de allá afuera. Ella también había sido parte del sistema del autoengaño, de lo autodestructivo y de lo automático; pero se había dado cuenta que había cosas mejores que experimentar. Le preguntó si se interesaba, incluso le prestó un libro que era como el mapa con la ruta trazada para descubrir esta otra cara del espejo.
El Niño Sin Espanto no le dijo nada, pero se molestó profundamente, a tal punto, que al otro día ella lo fue a buscar y él ya no quería hablarle. Lo cierto es que mucho más que molesto, el Niño Sin Espanto no sólo tenía espanto al nuevo mundo, sino que estaba completamente aterrado. Era algo contra su rutina, contra sus normas, contra todo lo que él había conocido hasta ese momento. Él ya tenía una vida hecha a su estilo, ¿para qué crearse otra vida? Serían nuevos problemas, nueva gente. ¿Y si esa gente no me acepta? ¿Y si yo no entiendo a esa gente? El Niño Sin Espanto estaba tan espantado, tan lleno de preguntas, de dudas, de angustia, de prejuicios, que decidió encerrarse en su cuarto.
De ahí no hubo persona que lo sacara siquiera a dar una vuelta con su perro. Era verano, hacía mucho calor y el niño prefería quedarse en su pieza viendo televisión, acostado, sin animo, aún espantado. Intentaba olvidarse de lo que le había dicho la niña, pero ya era tarde. Era imposible. La niña le había dado el mapa, con buenas intensiones. ¿Estaría suficientemente preparado como para ser valiente, tomar el mapa y emprender el viaje a la felicidad?
Era una pregunta difícil, muy cuestionable, con tantos riesgos como los que él nunca se había imaginado; se sorprendió por primera vez después de mucho tiempo, que aún existiese este tipo de niñas. Eso también le espantó, prefería las niñas calladitas, que son más sumisas y no proponen ideas; era más fácil la convivencia con ellas, más tranquila, pero quizás más aburrida y menos agotadora. No fue buena idea haberle hablado de las cosas nuevas, pensó la niña. Fue una tontera haberle dado ese libro, sobretodo porque era un regalo del mismo autor; volvió a pensar ella.
No había sido un error. Era una opción. Era una decisión que valdría la pena si el Niño Sin Espanto no se espantara de ser espantado. Después de todo, la vida es un espanto de aventuras.
(La Hormiga)